Eran las tres más dos, y estaba
ahí, sentada, esperando… quizás era el
día más soleado, luego de algunos poco apalabrarles, las palomas nunca se
vieron tan circundantes y el silencio nunca fue tan callado, y ahí en un segundo
estaban frente a mí, aquellos que serían testigos de mi existencia. Cuando no se
necesitan palabras para expresar lo que acalla el nudo de tu garganta, apuesto
a que nunca has extrañado un susurro al oído, pero que tal si aquella boca no
lo permite y el oído esta perdido y no te queda más que mirarlo a los ojos y
preguntarte cómo es que te entiendo. Dos personas incomunicables para mi
sentido, transcurrían los minutos y con cada uno de ellos entendía más y pensé había
gastado tantas palabras y malinterpretado tantos silencios. Que rápido se
pierden las cosas simples.

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